Los ladrillos del silencio

Sin darnos cuenta vamos levantando alrededor nuestro un “muro de silencio”, donde cada ladrillo es la incomprensión, el egoísmo, la soberbia, el orgullo y las recriminaciones.

Y este muro va alejándonos y separándonos emocionalmente de todas las personas y los primeros son los más cercanos, nuestra pareja, nuestros hijos, nuestra familia.

Cada vez más se pierde la facultad de poder comunicarnos, de novios las miradas se encontraban y sabíamos casi siempre que pensaba nuestra pareja, las horas se hacían minutos para hablarnos, contarnos nuestras experiencias, nuestros sentimientos y hasta nuestros sueños… hablábamos por horas.

La convivencia, las presiones económicas, el cansancio, los pequeños resentimientos que vamos juntando en el camino, hacen crecer “el muro”, hasta ser verdaderos desconocidos.

 


Ya no podemos hablar, es más pareciera ahora que cada uno hablara idiomas distintos sin entenderse y éste proceso que va viviendo la pareja, poco a poco va dejando su huella en los hijos que comienzan a vivir también esta soledad, este vacío emocional, que muchas veces es llenado con cosas materiales y superfluas, para no caer en la cuenta de una dolorosa realidad.

Por ello los hijos van absorbiendo, imitando como verdaderas esponjas, creciendo en esta falta de amor, de diálogo, de comprensión, que derivará en un temor de nunca sentirse amados o comprendidos.

La ausencia de felicidad en la mayoría de los casos, es resultado del genuino convencimiento de que uno nunca podrá acceder a ella.

Recordemos: la gran ironía de la vida es que no hay un camino para la felicidad; la felicidad es el camino y sólo si emocionalmente nos sentimos seguros, estables e importantes, nos atreveremos a caminar por el.